No tengo ganas de nada, nuevamente el nombre de un chico me zumbeaba en la cabeza. El era unos años mayor que yo, y convengamos que en esta edad hay bastante diferencia, aunque en ese momento no me interesaba aquello en lo más mínimo. Me creía madura y tenía ganas de conocer a un hombre a quien amar. Él era el típico jugador de rugby, rubio tirando a morocho con ojos celeste bien carilindo, en ese momento era lo mejor que me pasaba, que en realidad no me pasaba. Yo era la presa perfecta de un cazador que me ignoraba, sabia que existía pero me ignoraba completamente. Empecé a pasar horas de clases escribiendo hojas enteras con su nombre y el mío entrelazados, con nuestras iniciales con distintos colores y rodeados de corazones. Él ocupaba el 95% de mi mente. Una tarde me decidí, estaba con todo mi amor adolescente, que aparentaba ser puro y comprensivo pero que me provocó el dolor más fuerte que había sentido jamás. Recuerdo haber ido hasta el club de rugby donde pensé que iba a estar entrenando. Estaba todo planeado: iba a llegar con mis amigas con la supuesta intención de ir a ver a mis amigos, pero de casualidad me tropezaría con él y podría escuchar su voz o tener su mirada clavada en mi por un momento. como siempre.. nada de eso ocurrió ¿porque uno se imagina tremenda estupidez?Entre al club nerviosa, muy nerviosa, me sudaban las manos, me temblaban las piernas y como siempre la puta sonrisa delatadora, infaltable cuando lo ves. Di un vistazo a la derecha, otro a la izquierda, sin monos en la costa. ¿porqué creí que iba a estar allí? no sé. Supongo que a esta edad las cosas siempre tienen que salir como uno quiere, como uno anhela. Más tarde aprendería a dejar de soñar, pero ahora necesitaba verlo, y no estaba, nunca estuvo.
La semana siguiente terminé de desabasteserme de amor propio cuando escuché: "esta de novio con la hermana de mengano". Invento, porque después de escuchar estar de novio.. deje de escuchar, me vinieron miles de sentimiento horribles juntos. Los amores juveniles son así, obsesivos, absolutos, a todo o nada. Supuse que debía superarlo, pero nada había de cambiar. Él seguía en mi cabeza. Lo perseguía, lo buscaba, me escondía, lo llamaba, atendía y cortaba. Me sentía necesitada de su voz, de su mirada, de su cuerpo, de sus palabras. Mis inventos de un futuro con él, que podíamos ser felices juntos seguía. No entendía porque no se concretaba mi sueño.







